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Exiliados del cambio climático

jueves, abril 08, 2021
Los factores de “empuje” y “atracción” que llevan a las personas a migrar son varios y tienen múltiples características, pero uno de los que está cobrando una creciente atención es el cambio climático. Desastres naturales, tales como los dos potentes huracanes que azotaron Centroamérica en noviembre pasado, pueden convertirse en la gota que rebalsa el vaso, obligando a las personas a marcharse en busca de un mejor futuro en otra parte.

Es un tema al que el nuevo gobierno estadounidense ha aludido en reiteradas oportunidades, cuando se le preguntó acerca del flujo de migrantes hacia Estados Unidos. Durante una conferencia de prensa a fines de marzo, el Presidente Joe Biden mencionó los terremotos, las inundaciones, los huracanes y la falta de alimentos, junto con la violencia de las pandillas, entre las numerosas razones que llevaron a miles de personas de los llamados países del Triángulo Norte—El Salvador, Guatemala y Honduras—a dirigirse a la frontera de Estados Unidos.

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Veánse dos recientes artículos acerca del impacto de los huracanes Eta y Iota:

Biden criticó al gobierno anterior por no haber hecho lo suficiente por Centroamérica tras los huracanes Eta e Iota el año pasado. “En lugar de ir a brindar ayuda de manera significativa, para que la gente no tuviera razones para marcharse por carecer de vivienda, agua o sustento, no hicimos nada”, dijo, y agregó: «haremos mucho durante nuestro gobierno».

La Embajadora Roberta Jacobson, Asistente Especial del Presidente y Coordinadora para Asuntos de la Frontera Sur, les dijo a los reporteros que el gobierno trabajará con socios en México y Centroamérica para “asegurar que las personas no hagan este peligroso viaje y, en su lugar, tengan oportunidades de progreso económico y seguridad en casa”. Afirmó que el gobierno se propone obtener US$4 mil millones durante cuatro años para abordar “las causas centrales de la migración, incluida la corrupción, la violencia y la devastación económica agravada por el cambio climático”.

“Sabemos cómo llevar dinero a las comunidades que tienen más probabilidades de enviar migrantes y también que están sufriendo el mayor efecto de dos huracanes esta temporada”, dijo Jacobson en una conferencia de prensa en marzo. Se necesitan tanto la asistencia humanitaria a corto plazo como los cambios de política a largo plazo para “romper ese ciclo migratorio de una manera sostenible”, dijo.

A dos semanas de iniciada su gestión, Biden firmó una orden ejecutiva solicitando al Asistente del Presidente para Asuntos de Seguridad Nacional, en consulta con varios organismos del gobierno, que redactase un informe dentro de los 180 días sobre el impacto del cambio climático en la migración.

“Este informe”, decía la orden, “como mínimo tratará sobre las implicancias de la migración relacionada con el clima para la seguridad internacional, opciones de protección y reasentamiento de personas desplazadas directa o indirectamente por el cambio climático, mecanismos para identificar a dichas personas incluso a través de referencias, propuestas sobre cómo estos hallazgos deberían influir en el uso de la cooperación internacional de los Estados Unidos para mitigar los impactos adversos del cambio climático y oportunidades para trabajar en colaboración con otros países, organizaciones y organismos internacionales, organizaciones no gubernamentales y entidades locales para abordar la migración que sea un resultado directo o indirecto del cambio climático ”.

No toda migración relacionada con el clima es internacional, obviamente. La pérdida de medios de vida agrícolas lleva a muchas personas a abandonar zonas rurales y trasladarse a ciudades dentro de un mismo país. “Los migrantes climáticos internos se están convirtiendo rápidamente en el rostro humano del cambio climático”, señala un informe del Banco Mundial de 2018, en el que se estima que el número de migrantes climáticos internos en América Latina podría alcanzar los 17 millones antes de 2050.

Impacto de Eta e Iota

La decisión de migrar a menudo es el resultado de una gran cantidad de circunstancias que impulsan a las personas a abandonar su lugar de origen (factores de empuje) y las llevan a otra comunidad o país (factores de atracción). Por ejemplo, un joven que no puede encontrar trabajo podría estar aún más inclinado a abandonar su aldea si en ella irrumpe la violencia causada por grupos de pandillas o si un terremoto destruye la casa de su familia. Por el lado de la atracción, es más probable que intente dirigirse a Estados Unidos si ya tiene un hermano allí o si la industria de la construcción está en auge.

En algunas partes de Centroamérica, los factores de empuje se han intensificado. Eta e Iota se sumaron a años de sequía y clima impredecible, así como a la crisis económica causada por la pandemia del COVID-19. En febrero, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas estimó que el hambre había afectado a cerca de 8 millones de personas en El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, de las cuales 1,7 millones se hallaban en la categoría de “emergencia” de inseguridad alimentaria.

Según el PMA, los huracanes destruyeron más de 200.000 hectáreas de alimentos básicos y cultivos comerciales en los cuatro países y más de 10.000 hectáreas de tierras de cultivo de café en Honduras y Guatemala.

“Frente a la destrucción de viviendas y granjas, la escasez de alimentos y las menguantes oportunidades de empleo, casi el 15 por ciento de las personas encuestadas por el PMA en enero de 2021 afirmó que estaba haciendo planes concretos para migrar”, dijo la agencia en un comunicado de prensa. Este porcentaje casi duplicó aquel registrado en una evaluación que el PMA había realizado en 2018, con posterioridad a una sequía.

“Las comunidades urbanas y rurales de Centroamérica han tocado fondo”, dijo en el comunicado de prensa Miguel Barreto, director regional del PMA para América Latina y el Caribe. “La crisis económica provocada por la COVID-19 ya había puesto los alimentos en los estantes de las tiendas fuera del alcance de las personas más vulnerables para cuando los huracanes Eta e Iota los azotaron. Muchos ahora no tienen dónde vivir y se quedan en refugios temporales, sobreviviendo con casi nada».

En Guatemala, las cifras del gobierno muestran que la desnutrición aguda en niños menores de 5 años aumentó en un 81 por ciento entre 2019 y 2020. En las comunidades indígenas del altiplano occidental, alrededor del 70 por ciento de los niños padece desnutrición crónica, una tasa “más alta que la de cualquier país del mundo”, según un artículo reciente del Washington Post: The reason many Guatemalans are coming to the border? A profound hunger crisis.

Willy Barreno dirige una pequeña organización llamada Desarrollo Sostenible para Guatemala (DESGUA). Está tratando de crear más oportunidades para que los jóvenes se queden y persigan “el sueño guatemalteco”, como él mismo lo llama. En una reciente entrevista, habló sobre varios factores que ya habían estado impulsando un aumento en la migración desde el norte de Guatemala antes de los huracanes, incluida la destrucción de las selvas tropicales en pos del monocultivo a gran escala y la recesión económica provocada por la pandemia.

“La gente se va a ir porque no hay trabajo,” dijo Barreno. “Además, el cambio climático y la deforestación aceleran más esta salida de gente para los Estados Unidos.”

Experiencia personal de la migración climática

Israel Vaíl

Israel Vaíl sabe lo que es ser un migrante climático. En 1998, vivía en la costa sur de Guatemala y se ganaba la vida como pequeño agricultor cuando ocurrió el huracán Mitch. La tormenta trajo días de lluvia que arrasaron sus cosechas de maíz, ajonjolí y frijoles. Había obtenido un préstamo para la temporada de siembra y ya no tenía medios para pagarlo, por lo que pidió prestado más dinero y contrató a un contrabandista para que lo llevara a Estados Unidos.

“No soy el único que me emigré para otro país”, dijo. “Mucha gente se emigraron en aquel época, porque no tenían con qué sobrevivir”.

Vaíl creció hablando su idioma maya, Mam, y aprendió español en Nueva Jersey, donde trabajó en restaurantes junto a otros inmigrantes. Después de cerca de una década en Estados Unidos, decidió “autodeportarse” de regreso a Guatemala y durante los últimos años ha estado en su municipio natal de Cajolá, en el altiplano occidental, donde tiene una pequeña tienda y vende panes artesanales que hornea en un horno de barro.

En una reciente entrevista telefónica, dijo que no volverá a irse de Guatemala porque, a los 50 años, se siente demasiado viejo para andar evadiendo a las autoridades migratorias. “Allí uno anda entre el gato y el ratón, con la migración de México y de Estados Unidos”, dijo. Pero conoce a algunas personas de las zonas agrícolas a lo largo de la costa que se marcharon rumbo al norte después de los dos recientes huracanes.

“La gente pierden todo y no tienen oportunidad como para sobrevivir en Guatemala. Es muy difícil”.